dimecres, 23 de febrer de 2011

Del rumor infundado a la presunción de inocencia

La presunción de inocencia es una práctica democrática que todavía no ha llegado a nuestro país.
Basta que cualquier indocumentado con malas y rudimentarias artes, lance a la opinión pública de su entorno cualquier rumor sin fundamento, para que “crédulas” personas miren de reojo al que es objeto de la inquina y caiga sobre el sospechoso el más negro de los recelos. El dicho “difama que algo queda” está más que vigente en nuestra sociedad. Y no te digo si la persona a la que van dirigidas las supuestas difamaciones es alguien medianamente conocido…
Nadie se para a ‘rascar’ un poco sobre el tema o a indagar la veracidad de lo que se afirma. Lo que ha dicho el indocumentado (aunque todo el mundo sabe que lo es) corre por bares, peluquerías y mercados como un reguero de pólvora y al cabo de poco tiempo se ha convertido en noticia veraz. En casos graves en los que se ven implicados personajes de renombre, diarios, revista, tele-basura y la sociedad influenciada y contaminada, juzgan mucho antes que los tribunales de justicia. Queda claro el tipo de demócratas que hay en el extremo occidental de Europa.
Claro que algunos ponen en tela de juicio lo que el individuo repite hasta la saciedad, porque claro, todo el mundo sabe que es un bocazas desde que nació y ha vivido siempre gracias al favor ajeno y pidiendo migajas, no por sus valores personales.
Es más fácil dar por cierto que preguntar, y lo grave es que en medio puede haber amigos comunes que se crean al sujeto sin molestarse en preguntar al supuesto inocente. Posiblemente les moleste tener que preguntar para contrastar la difamación, cuando es precisamente ese detalle el que los convierte en más demócratas. Y al final no preguntan y se quedan con la versión tergiversada de la historia.
Harina de otro costal son aquellos que se aprestan a proteger a sus compinches políticos o no que han efectuado desfalcos, robos o malversaciones bajo la capa protectora de la presunción de inocencia, que queda muy bien, pese a saber que son culpables.
Los ciudadanos/as que lean esta columna seguro que habrán pasado por este trance alguna vez en su vida. Si alguien les ronronea en el oído sobre otra persona conocida por ambos, no tiene más que completar la historia hablando con el afectado/a. De esta manera estará mejor informado/a, sabrá quién es el ‘malo’ de verdad (o se hará una idea) y será más demócrata. Seguro que así funcionarían mucho mejor todas nuestras interrelaciones personales y viviríamos en un mundo más justo y controlado.
(Publicado en Nas de Barraca nº 293, febrero 2011)

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