dimecres, 18 d’abril de 2012

La doble moral de algunos autodenominados católicos

Ya me he manifestado en muchas ocasiones al respecto de las religiones. Las personas no han de medirse ni por su estatura ni por sus creencias religiosas. Nada hay más respetable que una persona que se arrodilla y reza, en el idioma que sea, a un dios en el que cree.
Estoy en contra, eso sí, de aquellos que en la época en la que vivía Cristo llamaban fariseos. Estoy en contra de los falsos creyentes que son aquellos que se dan golpes de pecho en el templo para que todo el mundo vea como se arrepienten de sus pecados. Y sobre todo estoy en contra de aquellos que se llaman católicos a boca llena y utilizan el viejo refrán aquel de “a Dios rogando y con el mazo dando”.

Son aquellos católicos fariseos que se pasan la vida persignándose en todos los sentidos posibles, (y quien dice católicos dice mahometanos, protestantes o budistas,) mientras su vida es un discontinuo disloque existencial en el que mezclan las fuerzas del orden público con la problemática de las prostitutas y los errores tremendos que cometen a diario las autoridades locales y nacionales.

Seguramente son los mismos que además parecen hacer algún que otro acto caritativo con el prójimo, pero que se preocupan sobremanera de que todo el mundo lo sepa al dedillo, no sea que caiga en saco roto… Son esos hombres y mujeres muy religiosos que escuchan por los medios de comunicación que en ciertos países la Iglesia Católica se está arruinando pagando sentencias judiciales por pedofilia y otros oscuros asuntos, pero les importa mucho más el dinero que el Estado les da a los sindicatos obreros, los divorcios, los abortos o las subvenciones que se les dan a entidades sin ánimo de lucro o a asociaciones de homosexuales. Son los mismos que no quieren darse cuenta de los grandes negocios que el catolicismo hipócrita tiene por todo el mundo y las inmensas riquezas acumuladas por el Vaticano a costa de la fe y el miedo al infierno… Si Cristo volviese a este mundo (cosa que pongo en duda) los expulsaría a todos de los templos y las sacristías.

Estos tipejos/as son conocidos de sobra por todos los ciudadanos honrados y se les sigue llamando señor o señora por infinita cortesía que tenemos los seres humanos.

Ellos no se dan cuenta, pero siguen añorando, eso sí, “las banderas victoriosas” o como llevaba el clero bajo palio al anterior dictador. La mayoría de estos respetables católicos (al menos los que yo conozco) habían sido chivatos de la falange o miembros activos de la famosa Guardia de Franco. Por eso no comprenden el actual sistema de partidos políticos y mucho menos que haya gente que no se sienta española y pregone su inclinación por el independentismo catalán, gallego o vasco, porque, claro, el nacional socialismo español, el independentismo patrio no hay que ponerlo nunca en duda.

No se dejen engañar, muchos de estos fulanos/as también hablan catalán y tienen apellidos catalanes. Aquí los llaman botiflers. Son los mismos a los que se les escuchaba llorar de emoción cuando la tele españolista en blanco y negro acababa sus emisiones con el himno nacional.

Por suerte casi todos ellos ya son viejos y su peligrosidad da risa. Véanse sino aquellos falangistas que van a provocar a los jóvenes de izquierdas a sus manifestaciones y concentraciones multitudinarias. Son ellos mismos los que avisan primero a las fuerzas del orden público para que los proteja mientras ondean sus pendones obsoletos al aire. Son los mismos que después van a misa, confiesan y comulgan.

A esta gentuza no hay que darle aliento ni alimento. Hay que desecharlos de la sociedad, aislarlos, reducirlos en su espacio vital hasta que mueran por falta de aire fresco.

Seguramente morirán entre sabanas blancas rodeados de atenciones, como han muerto la mayoría de fascistas en España, algo que no ha ocurrido en el resto de Europa y que es muy injusto e incongruente. Y sin pedir perdón… Al menos que nadie les ría las gracias que a veces intentan hacer vistiéndose de modernos demócratas.


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